Teoria Social & del Estado
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Ideas principales para el proximo parcial de teoria social
Hablar de Max Weber y de Carlos Marx es hablar probablemente de los dos más grandes titanes del pensamiento del siglo XX. Al mismo tiempo es hablar de dos tipos de metodología en el enfoque de los fenómenos sociales. Ambos merecen ser llamados con propiedad los padres de la sociología moderna. En ambos tipos de enfoques ha cabalgado la sociología desde finales del siglo pasado y podemos decir con seguridad que ya en las vísperas del siglo XXI lo común es verlos conjugados. Es más, podríamos hasta decir que con dominancia del weberismo equivalente más o menos a la hegemonía que disfrutó el marxismo hasta los años setenta. Sin duda, hemos entrado al reino de la fragmentación, las relatividades y las racionalidades desde el punto de vista de los sujetos, terrenos todos en que la epistemología weberiana es la única que puede dar cuenta de tales fenómenos.
Sin duda, son muchas las afinidades del marxismo con la teoría de Max Weber pero creemos que son aún más las diferencias. Si bien es cierto en las páginas que siguen hablaremos básicamente de la sociología de la religión, hay que saber que las diferencias entre estos dos genios van más allá de determinar si las religiones inciden o no en el desarrollo socioeconómico de un modo de producción cualquiera. Son más profundas que lo que cuatro humildes cuartillas pueden permitir.
II. COMPARAR LA TEORÍA DE WEBER Y MARX
En esencia Weber dice tres cosas en contra del marxismo:
a) La historia y los esquemas de desarrollo de cualquier país nunca son monocausales. Es decir, no son determinados ni en primera ni en última instancia por un solo factor, sea cual sea.
b) La historia no tiene un sentido predeterminado, es decir, nadie puede decir hacia dónde va una sociedad. Los conflictos sociales obedecen a choques de racionalidades de los actores que muchas veces no desean y casi siempre los sorprende.
c) En cuanto al protestantismo, a pesar que el ensayista Jozyr Kowalski crea que Weber ignoró lo mejor del marxismo, dando casi a entender que sólo conoció manuales y vulgarizaciones socialdemócratas, la contradicción es irreconciliable. Weber demuestra en su célebre “Etica protestante y capitalismo” que la religión no es ninguna superestructura pasiva destinada a traducir los cambios económicos de la estructura. Al contrario, Weber relanza los supuestos que animan a los actores sociales y cómo según ciertas condiciones pueden cambiar una realidad y dar paso a una situación nueva.
III. CRITICAS
Por su lado, el marxismo o, mejor dicho cierta corriente marxista, ha acusado a Weber de idealista y falto de rigor en el análisis del fenómeno capitalista e histórico en general. Además, alega esta corriente, no puede ser crítico de un sistema que defiende por intereses de clase. Esta corriente marxista, muy desacreditada por cierto en estos tiempos postmodernos, es muy simple cuando juzga a Weber y, lo peor de todo, es que no reconoce que Weber, de un modo u otro, reaparece en autores marxistas superiores a su corriente positivista como lo son Lukacs, discípulo directo del mismo Weber y Simmel, y Gramsci cuyo gran aporte al marxismo está en haber enfatizado el carácter subjetivo de los fenómenos sociales y políticos, algo, por lo demás, ya estudiado y profundizado por Weber quizás hasta de mejor manera.
Con todo, no significa que la teoría o, mejor, las ideas de Weber sean perfectas ni mucho menos. Weber solía decir que los fenómenos sociales eran únicos e irrepetibles y que si él se atrevía a ofrecer ideal-tipos siempre aclaraba que tales tipos no existían y no podían existir sino que eran como una especie de referencias para comparar en algo la realidad. Por eso siempre se burlaba del concepto “proletariado”, preguntándose que dónde se podían encontrar a esos señores. Su modo de ver las cosas y su propio sistema nos lleva a concluir que Weber fue un pensador abierto, inconcluso, contrario a Marx, cerrado y definitivo.
IV. CONCLUSIÓN
En verdad, la mejor conclusión o, por decir mejor, el mayor tributo que las corrientes sociológicas han brindado a estos dos genios y a sus respectivas enseñanzas, es el haberlas conjugado con lo mejor de cada una. Prácticamente el universo de la sociología postmoderna está dominado por esta suerte de híbrido entre el rey de la crítica a los sistemas opresivos y el príncipe de las subjetividades de los actores sociales.
Nada mejor, en consecuencia, que estudiar a fondo los textos principales de estos dos alemanes para desprender también nuestras propias combinaciones y, a lo mejor, podemos proponer un nuevo modo de enfocar las cosas en Nicaragua.
karl marx
La oposición a la Escuela Clásica provino de los primeros autores socialistas, como el filósofo social francés Claude Henri de Rouvroy conde de Saint-Simon, y el utópico británico Robert Owen. Sin embargo, fue Karl Marx el autor de las teorías económicas socialistas más importantes, manifiestas en su principal trabajo, El Capital (3 vols., 1867-1894).
Para la perspectiva clásica del capitalismo, el marxismo representó una seria recusación, aunque no dejaba de ser, en algunos aspectos, una variante de la temática clásica. Por ejemplo, Marx adoptó la teoría del valor trabajo de Ricardo. Con algunas matizaciones, Ricardo explicó que los precios eran la consecuencia de la cantidad de trabajo que se necesitaba para producir un bien. Ricardo formuló esta teoría del valor para facilitar el análisis, de forma que se pudiera entender la diversidad de precios. Para Marx, la teoría del valor trabajo representaba la clave del modo de proceder del capitalismo, la causa de todos los abusos y de toda la explotación generada por un sistema injusto.
Exiliado de Alemania, Marx pasó muchos años en Londres, donde vivió gracias a la ayuda de su amigo y colaborador Friedrich Engels, y a los ingresos derivados de sus ocasionales contribuciones en la prensa. Desarrolló su extensa teoría en la biblioteca del Museo Británico. Los estudios históricos y los análisis económicos de Marx convencieron a Engels de que los beneficios y los demás ingresos procedentes de una explotación sin escrúpulos de las propiedades y las rentas son el resultado del fraude y el poder que ejercen los fuertes sobre los débiles. Sobre esta crítica se alza la crítica económica que desemboca en la certificación histórica de la lucha de clases.
La “acumulación primitiva” en la historia económica de Inglaterra fue posible gracias a la delimitación y al cercamiento de las tierras. Durante los siglos XVII y XVIII los terratenientes utilizaron su poder en el Parlamento para quitar a los agricultores los derechos que por tradición tenían sobre las tierras comunales. Al privatizar estas tierras, empujaron a sus víctimas a las ciudades y a las fábricas.
Sin tierras ni herramientas, los hombres, las mujeres y los niños tenían que trabajar para conseguir un salario. Así, el principal conflicto, según Marx, se producía entre la denominada clase capitalista, que detentaba la propiedad de los medios de producción (fábricas y máquinas) y la clase trabajadora o proletariado, que no tenía nada, salvo sus propias manos. La explotación, eje de la doctrina de Karl Marx, se mide por la capacidad de los capitalistas para pagar sólo salarios de subsistencia a sus empleados, obteniendo de su trabajo un beneficio (o plusvalía), que era la diferencia entre los salarios pagados y los precios de venta de los bienes en los mercados.
Aunque en el Manifiesto Comunista (1848) Marx y Engels pagaban un pequeño tributo a los logros materiales del capitalismo, estaban convencidos que estos logros eran transitorios y que las contradicciones inherentes al capitalismo y al proceso de lucha de clases terminarían por destruirlo, al igual que en el pasado había ocurrido con el extinto feudalismo medieval.
A este respecto, los escritos de Marx se alejan de la tradición de la economía clásica inglesa, siguiendo la metafísica del filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel, el cual consideraba que la historia de la humanidad y de la filosofía era una progresión dialéctica: tesis, antítesis y síntesis. Por ejemplo, una tesis puede ser un conjunto de acuerdos económicos, como el feudalismo o el capitalismo. Su contrapuesto, o antítesis, sería, por ejemplo, el socialismo, como sistema contrario al capitalismo. La confrontación de la tesis y la antítesis daría paso a una evolución, que sería la síntesis, en este caso, el comunismo que permite combinar la tecnología capitalista con la propiedad pública de las fábricas y las granjas.
A largo plazo, Marx creía que el sistema capitalista desaparecería debido a que su tendencia a acumular la riqueza en unas pocas manos provocaría crecientes crisis debidas al exceso de oferta y a un progresivo aumento del desempleo. Para Marx, la contradicción entre los adelantos tecnológicos, y el consiguiente aumento de la eficacia productiva y la reducción del poder adquisitivo que impediría adquirir las cantidades adicionales de productos, sería la causa del hundimiento del capitalismo.
Según Marx, las crisis del capitalismo se reflejarían en un desplome de los beneficios, una mayor conflictividad entre trabajadores y empresarios e importantes depresiones económicas. El resultado de esta lucha de clases culminaría en la revolución y en el avance hacia, en primer lugar, el socialismo, para al fin avanzar hacia la implantación gradual del comunismo. En una primera etapa todavía sería necesario tener un Estado que eliminara la resistencia de los capitalistas. Cada trabajador sería remunerado en función de su aportación a la sociedad. Cuando se implantara el comunismo, el Estado, cuyo objetivo principal consiste en oprimir a las clases sociales, desaparecería, y cada individuo percibiría, en ese porvenir utópico, en razón de sus necesidades.
Max Weber y el espíritu del capitalismo
Francisco Javier Gea Izquierdo
El investigador y erudito alemán Max Weber (1864-1920) es uno de los fundadores de la sociología moderna. De hecho para algunos especialistas se trata del más importante de estos (Auguste Comte, Karl Marx o Émile Durkheim) y de los estudiosos posteriores. Weber realizó extensos estudios de historia, economía, derecho y filosofía, y ha creado una obra inmensa. Entre sus aportaciones para comprender la sociedad y la política destacan sus trabajos sobre la religión, las clases sociales, la importancia de las ideas en la configuración social, los tipos de acción social y de racionalidad, la necesidad de buscar una ciencia libre de valores, la distinción entre la ética de la convicción y la de la responsabilidad, así como el desarrollo del proceso de secularización y la burocratización de las sociedades modernas. Una sola de estas investigaciones es suficiente para convertir a alguien en un destacado científico social.
En un principio se vio influido por el predominio de las teorías de Marx, si bien sus planteamientos derivaron pronto hacia una idea de la sociedad muy distinta. La diferencia fundamental entre ambos radica en que Weber rechaza el materialismo histórico marxiano, según el cual lo que mueve a la sociedad a través de la historia son las condiciones materiales de la existencia humana y no las ideas o creencias. Weber admite desde luego que las condiciones materiales de la existencia influyen en la sociedad así como en las ideas y creencias de la gente, pero también afirma que ocurre lo opuesto, es decir, que estas pueden determinar profundamente los fenómenos sociales. En este sentido su célebre obra ‘La ética protestante y el espíritu del capitalismo’ constituye una de las contribuciones clave de la sociología moderna. En ella, de cuya publicación se cumple ahora un siglo, su autor muestra, con una contundencia que rara vez se ve en las ciencias sociales, no ya que el protestantismo sea un producto de la sociedad capitalista, como supondría el materialismo histórico, que tanto predicamento ha tenido desde mediados del siglo XIX y durante la mayor parte del siglo XX, sino que por el contrario es el protestantismo el que da lugar al capitalismo.
En efecto este fenómeno aparece en el Norte de Europa y en los Estados Unidos a partir del siglo XVII porque la religión allí predominante es el protestantismo. Según esta trabajar duramente no es un medio para obtener dinero, sino un valor ético-ascético en sí mismo. El hombre protestante tipo no acumula dinero para luego gastárselo y vivir bien, sino porque esa actividad le da verdadero sentido religioso a su vida. El protestantismo profesaba la idea teológica de la predestinación divina, de acuerdo con la cual Dios, en su infinita omnisciencia, sabe quién se va a salvar y quién no, y haga lo que haga uno no puede cambiarlo. Lo único que le cabe al creyente es tener fe y tratar de buscar algún signo de hallarse entre los elegidos por Él. Pues bien los fundadores del protestantismo, sobre todo Calvino, creían que el signo inequívoco de haber sido elegido era tener éxito en el trabajo y en los negocios. Por eso el protestante tipo lo que procura es trabajar mucho y acumular dinero a lo largo de su vida, que invertirá para aumentar sus negocios y no para gastarlo, y eso es lo que da lugar al singular fenómeno del capitalismo.
Un ejemplo paradigmático de la mentalidad capitalista protestante, que ofrece el propio Weber en ‘La ética protestante y el espíritu del capitalismo’, es el de Benjamín Franklin (1706-1790), el célebre científico y político norteamericano que entre otras cosas redactó junto a Thomas Jefferson y John Adams la Declaración de Independencia de su país. Pues bien, Franklin opinaba respecto al trabajo y el ahorro lo siguiente: «El tiempo es dinero. El que puede ganar diariamente diez chelines con su trabajo y dedica a pasear la mitad del día, o a holgazanear en su cuarto, aun cuando sólo dedique seis peniques para sus diversiones, no ha de contar esto sólo, sino que en realidad ha gastado, o más bien derrochado, cinco chelines más». Desde luego, en otras sociedades y en otras épocas ha habido también gente muy ocupada en enriquecerse, pero su objetivo no era acumular dinero por acumularlo, sino tener más para poder gastarlo. Por así decirlo, llegado el caso, preferirían nacer ricos y morirse pobres antes que nacer pobres y morirse ricos.
Weber también señaló que el capitalismo hacía tiempo que había olvidado su origen religioso y descansaba sobre ‘fundamentos mecánicos’, y fue muy crítico respecto al mismo. De sus protagonistas pensaba entre otras cosas que eran especialistas sin espíritu y gozadores sin corazón que imaginaban haber llevado a la humanidad a una fase nunca antes alcanzada. Sin embargo, no creía que el comunismo fuese mejor, porque considera al igual que Durkheim que lo único que cabe esperar de él es que empeore las cosas aumentando el nivel de burocratización de la sociedad. Con posterioridad a lo que Weber pudo estudiar, Occidente se ha hecho menos religioso (proceso que viene de largo y que anticipó con clarividencia) y de un ideario y una sociedad de la acumulación del capital se ha pasado a un ideario y una sociedad del consumo. Fenómeno este que es totalmente congruente con las ideas weberianas y cuyo comienzo puede cifrarse tal vez a partir de los años veinte, cuando se inventa en los Estados Unidos de América la compra a plazos.
Max Weber ha tenido menos predicamento fuera de los estrictos círculos intelectuales que otros autores menos decisivos, ya que su obra es muy rigurosa y carece de concesiones, pero eso no significa que sea menos relevante. Como ha señalado el sociólogo británico Anthony Giddens, la teoría weberiana del origen del capitalismo es importante, entre otras razones, por ser capaz de ir más allá de los límites del sentido común sin caer en el absurdo, por explicar un hecho sorprendente y complejo, y porque supone un enfoque capaz de abrir nuevas perspectivas en otros ámbitos de la sociología. Por eso, esta y otras ideas deWeber constituyen aún un punto de partida inestimable para tratar de entender el tiempo que tenemos por delante.

